Así es, me disculpo con mi Ninfa chaparrita por el comentario generalizado que hice en la ante-penúltima entrada. No todas las mujeres son iguales, y la neta me disculparía con las mujeres en general, pero ya que ella es la única que entra en este blog, no le veo sentido. Si algún día, una mujer entra aquí accidentalmente, pues sepa que no es mi intención ofenderla, y ojalá llegue por fin al sitio que de verdad estaba buscando.
Nos saludamos al vernos y te estrecho entre mis brazos tan fuerte como puedo, con la absurda ilusión de quedarme el calor de tu seno en la piel, de robar el aroma de tu cabello y guardarlo en mi pecho. Extiendo este breve pero delicioso momento tanto como mi aguda paranoia me permite y los modales me dictan. Nuestras bocas se cruzan, en un saludo, con una distracción calculada y criminal mientras ambos contenemos el ansia animal de deslizar ese beso de bienvenida tan sólo unos centímetros más a la derecha bajo el temor de iniciar un escándalo. Las comisuras de nuestras bocas se encuentran y ambos robamos un atisbo de los secos pero dulces labios del otro. Esos labios que extrañamos, que deseamos, que nos son prohibidos pero con los que nos encanta jugar este juego tan peligroso pero tan satisfactorio. Pasas por el arco de la puerta y te adelantas a mí mientras saludo al resto de la tropa que hoy podría fusilarme en medio del paredón que forman estas ideas locas dentro de este escenario...
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