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Tus piernas

Sé que te lo digo a cada oportunidad y no me arrepiento de mi repetitividad. 

Esas largas, curvilíneas y tonificadas piernas son mi deleite. Aquellas son los imponentes pilares de marfil que flanquean las rutas del placer carnal y miserable que eleva mi espíritu, pues al norte de los minantares está el templo de Venus donde labios trémulos depositan tributos de rojos y húmedos besos y al sur se alza, entre los montes nevados y tersos, el altar de Sodoma, ante el cual arrodillo mi voluntad y en donde sepulto mi furia.

Tus piernas son las torres de las mil formas y de los mil escenarios: se envuelven alrededor de mi cintura como un candado que me encierra en tu intimidad para ser consumido por ella; reposan en mis hombros para darme apoyo al embestir las entradas de tus ciudades capitales mientras asalto la pequeña cúpula al norte de las puertas, de donde escapan tus gemidos; caen a mis costados dándome la bienvenida a tu cuerpo, ya sea para atacarlo con abandono o para entonar suaves canciones entre ellas, de ritmos que irán acelerándose bajo la demanda de tus suspiros; son temblorosos soportes que aguantarán estoicamente los embates de mi cuerpo cuando te incline y tire de las sedosas riendas de tu cabello para reclamarte como mi propiedad, como mi juguete, como mi deleite.

Basta el delicado recorrido de una yema furtiva sobre la pálida piel de tus piernas para despertar el espectro del deseo, que se manifiesta en una erupción sobre la dermis que te delata. Luego la temperatura de tu cuerpo se dispara a la vez que entrecierras tus ojos y tu boca me dice sin palabras que me ansías, que me necesitas.

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